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EL FUEGO SAGRADO DEL ESPÍRITU SANTO
Cristianismo
EL FUEGO DEL ESPÍRITU SANTO
El
Espíritu Santo o espíritu de Dios, manifestación del Creador
del universo y de los seres humanos, es mencionado en el
Antiguo Testamento unas 80 veces, y alrededor de 240 en el
Nuevo Testamento. En la Biblia se dice que el espíritu
divino “aleteaba por encima de las aguas” en el momento de
la Creación (Gen 1:2), y que en ocasiones “se apoderaba” de
los hombres o “se posaba” sobre ellos: cuando esto sucedía,
la persona quedaba facultada para realizar alguna tarea
encomendada por Dios (Ex 35:30-35, Jue 6:34-35, Jue 14:6 y
15:1-15, I Sam 10:10-16).
El Espíritu Santo es considerado la fuente del vigor de los
hombres fuertes (Jue 14:6, 19, 15:14, I Sam 11:6); la
inspiración de los gobernantes (I Sam 16:13, Is 11:2) y de
los profetas (Miq 3:8, cf. Num 11:25-26,
I Sam 10:6,
10), y de las cualidades artísticas e intelectuales (Dan
5:14).
El espíritu de Dios o Espíritu Santo es equiparado al
fuego por Moisés en Deuteronomio, cuando afirma:
“Nuestro Señor Dios es fuego devorador” (4:24). Otra
afirmación en relación al Espíritu Santo en cuanto fuego
consumidor de impurezas es, entre otras, la de Jeremías
cuando afirma: “Envió fuego en mis huesos y enseñóme” (Thren
1:13), y como también dice David en relación a la
actividad del fuego sagrado dentro de su alma
“examinándola en fuego”.
Otra afirmación de David dice: “Mi corazón se calentó
dentro de mi y en mi meditación se encenderá fuego (Ps
38:4).
Job, por su parte, clama en relación al sufrimiento que
en ocasiones padece el iniciado, cuando la actividad del
fuego del Espíritu Santo quema y purga las impurezas de
su alma: “Te has vuelto cruel para conmigo” (30:21). Y
David, por su parte, clama una vez que el proceso de
purgación y purificación se ha completado: “Mi corazón y
mi carne se gozaron en Dios vivo” (Ps 83:3).
Los autores del Nuevo Testamento subrayan aún más la
presencia del Espíritu Santo entre los hombres, al que
también identifican como una manifestación de Dios en
los asuntos humanos. Se afirma que es a través del
espíritu divino que María concibe a su hijo Jesús (Mt
1:18,20 Lc 1:35). Es el Espíritu Santo quien desciende
sobre Jesús el día de su bautismo y que más tarde lo
lleva al desierto para ser tentado (Mt 3:16, 4:1). Por
gracia del Espíritu Santo Jesús realiza milagros (Mt
12:28, Hech 10:38) e instruye a sus discípulos (Hech
1:2). El Espíritu Santo se manifestó a los discípulos de
Jesús el día de Pentecostés en forma de lenguas de fuego
que se posaron sobre cada uno de ellos (Hech 1:8,
2:1-4), un hecho que suele considerarse como el
nacimiento de la Iglesia.
También en el Nuevo Testamento se afirma que el Espíritu
Santo actúa en el creyente y que le concede el bautismo
regenerador (Tit 3:5, cf. Jn 3:5-8), lo dota de virtudes
espirituales para beneficio de toda la comunidad de
fieles (I Cor 12:4-11) y crea en él los rasgos de
carácter que lo hacen semejante a Jesús (Gal 5:22-25);
es por esto que se dice que el espíritu de Dios “habita”
en quien cree en su Hijo (Rom 8:9-11).
Una afirmación del Nuevo Testamento que relaciona al
Espíritu Santo y al fuego, es la de Juan el Bautista:
“Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte
que yo, y yo no soy digno de desatarle la correa de sus
sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego (Luc
3:16).
Entre los místicos cristianos el fuego del Espíritu
Santo es llamado con diversos nombres: “La acción de la
gracia”, “el calor espiritual”, “la luz del Espíritu
Santo”, “las energías divinas”, “el espíritu divino”,
“el fuego celeste y divino”, “el fuego santo y supraceleste”, entre otros. San Juan de la Cruz, por su
parte, se refiere al fuego del Espíritu Santo como la
“llama de amor viva”, nombre que utiliza como título de
una de sus obras fundamentales.
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