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El Sendero hacia la Luz (en imágenes)
El HOMBRE COMÚN
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La figura del hombre común muestra, arriba y afuera
de la cabeza, el centro espiritual que nos da la
vida y que alumbra a todo hombre que viene al mundo
(Jn. 1:9). Este centro espiritual ha sido conocido a
través de las edades como el Padre y el Verbo (Jn.
1:1-3), del cual proviene la gracia del Espíritu
Santo (Jn. 1:4). Otros nombres menos conocidos son
el Alfa (Ap 1:8, 21:6, 22:13), el Logos, el
Paráclito (Jn. 14:26) y YO SOY EL QUE SOY (Yavé:
nombre exclusivo de Dios en la Biblia).
La energía vital que procede del Padre desciende
constantemente desde lo alto a través del cordón o
hebra de plata, infundiendo vida al hombre
(Eclesiastés 12: 6). El cordón de plata, también
llamado hilo de fóhat o hilo de fuego, conecta al
Padre con Cristo localizado en el corazón de la
persona.
La radiación opaca del aura que rodea al hombre de
la figura (oscura nube) indica que los pensamientos
y sentimientos han sido desarmónicos, cargados de
resentimientos, orgullo, miedo, envidia, celos,
etc., creando una espesa nube que impide al hombre
recibir las delicadas comunicaciones del espíritu.
PRIMERA INICIACIÓN
La primera iniciación es el resultado de un
incremento de la infusión del fuego del Espíritu
Santo en el hombre, tal y como muestra la figura.
Esta energía vital que desciende continuamente desde
lo alto hacia el discípulo, aumenta en un momento
determinado como una respuesta de Dios ante la
petición del hombre que busca regresar a Él, por
encima de la oscuridad y la ignorancia humana.
Este fuego del Espíritu, tan pronto se incrementa
dentro de nosotros mismos, inicia un proceso de
purificación, limpieza y regeneración "rompiendo"
las partículas de sustancia densa e impura (oscura
nube) que se encuentran acumuladas en nuestro cuerpo
y en nuestra aura transmutándolas en luz. Podríamos
decir que el fuego sagrado "derrite" las impurezas
en nuestro cuerpo y mente "con calor ferviente",
como dice la Biblia. Estas impurezas son las
responsables de nuestra obstinación mental, dureza
de corazón, falta de sensibilidad hacia las
necesidades de los demás, ocasionando una densa masa
que impide al alma recibir las delicadas
comunicaciones del espíritu.
En el primer capítulo se explicó que el fuego del
Espíritu Santo es liberado dentro del verdadero
aspirante por diversos medios: por la constante
aspiración y deseo de conocer la ley de Dios, por el
llamado incesante a través de la oración para que la
gracia del Espíritu Santo entre en nosotros, por el
sentimiento de profundo amor hacia lo divino y por
la compasión ilimitada hacia la humanidad sufriente,
por medio de decretos y afirmaciones que refuercen
en uno la unidad con nuestra fuente espiritual, por
la meditación, por ciertas técnicas de yoga y por
otras tecnicas destinadas a ello.
Asimismo se te dijo que en un sentido muy real la
evolución de tu conciencia o de tu naturaleza
espiritual no es sino la manifestación progresiva en
ti de esta energía vital o fuego sagrado, que una
vez liberado empieza a actuar bajo la dirección de
Dios en tu propio organismo, con o sin el esfuerzo
consciente de la mente finita.
La figura muestra también que la poderosa energía
generadora del universo o energía sexual (omega:
energía femenina o la Madre), al sentir la presencia
incrementada de la energía del Padre en el hombre
(alfa: energía masculina), es atraída por ésta,
revirtiendo gradualmente su flujo hacia arriba del
organismo y contribuyendo enormemente al proceso de
purificación y regeneración dentro del iniciado.
Cuando estas dos poderosas energías divinas (alfa y
omega) avanzan en su proceso regenerador dentro del
organismo y han purificado completamente al
discípulo, entonces el Hijo del hombre, el Cristo
interno, resucita en el corazón del iniciado (cuarta
iniciación), tal y como será explicado más adelante.
En el misticismo cristiano, la primera iniciación
está representada por el bautizo en el Jordán (Mat.
3:13-17; Mar. 1:9-11; Luc. 3:21-22.), indicando el
aumento de la infusión del fuego del Espíritu Santo
en el hombre que logra, con el correr del tiempo,
quemar las oscuridades e impurezas de su mente.
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SEGUNDA INICIACIÓN
La segunda iniciación es el resultado de una lucha
interior. Esta lucha experimentada por el discípulo
dentro de sí mismo, se lleva a cabo por el fuego del
Espíritu Santo liberado en el iniciado, contra las
impurezas, oscuridades y pasiones (oscura nube) de
su propia mente consciente y subconsciente que
luchan intensamente por sobrevivir. Tal y como
refiere san Juan de la Cruz en Llama de amor viva:
“Levántanse contrarios contra contrarios...”. El
fuego sagrado, según avanza en su tarea regeneradora
dentro del iniciado, como ya ha sido explicado
anteriormente, quema y disuelve progresivamente
todas las energías obscuras que lo penetran y
rodean, transmutándolas en luz.
Es importante recordar que una vez alcanzada la
segunda iniciación se presenta el periodo más
peligroso de todos en el sendero; es en esta etapa
que, si existe alguna debilidad en el carácter del
candidato, éste la debe descubrir. En casi todos los
casos el peligro viene por el orgullo; no obstante,
el abatimiento, la apatía, la duda, la superstición,
la concupiscencia, el odio, el apego a las criaturas
en cualquiera de sus formas, la angustia y el miedo,
no deben considerarse enemigos menos peligrosos del
verdadero noble de la luz.
Una manera de corroborar si el orgullo o soberbia se
incrementa en el estudiante es la siguiente: si el
discípulo siente ser, conforme pasa el tiempo, cada
vez más y más superior en conocimiento y
espiritualidad a los demás, convencido de que las
personas que le rodean son en verdad inferiores, o
si se siente cada vez más separado de sus semejantes
como resultado de un complejo de superioridad, es
muestra fiel de que el orgullo aumenta en él. Si por
otro lado, conforme el proceso regenerador avanza,
se siente cada vez más unido a su prójimo, con un
deseo intenso de servicio a la humanidad y evitando
siempre hacer juicios sobre los demás, es que la
humildad se está alojando en su corazón y el proceso
de limpieza progresa satisfactoriamente. Recuerda
siempre esto, pues es de vital importancia en el
sendero que conduce hacia la luz de nuestro
verdadero ser espiritual: Mientras que a través del
orgullo sólo caerás más y más hacia la oscuridad y
la ignorancia humana, a través de la humildad
ascenderás más y más hacia el reino de los cielos,
tal y como todos los hijos e hijas de Dios lo han
hecho siempre.
Otro obstáculo importante en esta etapa del sendero
y que el discípulo debe trascender con inteligencia
y humildad, es el de percibirse a sí mismo como
indigno de recibir la luz de Dios. Esta idea,
profundamente hundida en la mente subconsciente de
algunos buscadores de la luz, se debe a la
repetición continua de la afirmación tantas y tantas
veces expresada: "yo no soy digno de que vengas a
mí". En la confusión e ignorancia humana los hombres
piensan que si se consideran dignos de recibir la
luz de Dios pecarán de soberbios. Es de vital
importancia dejar bien claro, desde el principio
mismo, que todos los hombres y mujeres somos hijos e
hijas de Dios, y que la luz espiritual del Padre
sólo está en espera de ser llamada para manifestarse
abundantemente en aquel que con humildad le pide que
se manifieste en él. Es así y solo así, como los
ansiosos buscadores de la luz se convierten en
portadores de la luz. Recuerda esto, y tómalo
siempre en cuenta: ¡Sí eres digno! ¡Sí eres digno!
¡Sí eres digno de que la luz de Dios se manifieste
en y a través de tí!
En el primer capítulo se comentó que la constante
aspiración por la vida superior y espiritual, las
meditaciones, oraciones y diversas técnicas puestas
a tu consideración, deben mantenerse con firmeza en
esta etapa del sendero, contra la tentación de ceder
a las pasiones, cosas transitorias del mundo y al
olvido de tus más altos ideales espirituales. Se te
explicó también que las impurezas en la mente no
pueden sobrevivir en presencia del fuego, una vez
que ha sido liberado dentro de uno mismo; sin
embargo, si el candidato desea absurdamente retener
dichas impurezas (y de ahí la lucha que el iniciado
experimenta dentro de sí mismo) puede retardar su
proceso regenerador y purificador, innecesariamente.
En el misticismo cristiano, la segunda iniciación es
la tentación en el desierto (Mat. 4:1-11). Como ya
ha sido explicado anteriormente, es la lucha del
fuego del Espíritu Santo que se ha incrementado
dentro del iniciado, contra las impurezas, pasiones
y oscuridades de su propia mente.
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TERCERA INICIACIÓN
El proceso de regeneración y purificación se
encuentra casi totalmente concluido en el hombre que
ha llegado a la tercera iniciación. Ahora, y como
resultado de la acción purificadora del fuego
sagrado, el aura del iniciado se ha transformado en
un poderoso cuerpo de luz lleno de viviente energía
que irradia corrientes de fuerza y luz en todas
direcciones, pues la ausencia de egoísmo, su actitud
compasiva y su generosidad intensa, permiten a la
energía del espíritu expresarse en él como un
poderoso manantial.
Ahora el cordón de plata se ha ensanchado
permitiendo un flujo mayor de centelleante luz
viviente proveniente del Padre. Mientras más se
nutre el hombre del inagotable manantial del
espíritu divino que desciende continuamente desde lo
alto, más avanza el proceso de regeneración y el
canal luminoso más se extiende y se dilata bajo la
acción del fluido divino que lo inunda.
Las incrementadas aspiraciones espirituales de aquél
que ha alcanzado este tercer peldaño de progreso
(señaladas en la figura por la llama de Cristo que
asciende desde el corazón del iniciado), se muestran
como brillantes chispas de luz intensa que ascienden
continuamente, acumulándose alrededor del centro
espiritual arriba y afuera de la cabeza. Estas
chispas no dejan de elevarse constantemente, pues
cuando el hombre empieza a comprender su relación
con lo divino, aspira siempre hacia la fuente de
donde emanó. Sólo el amor compasivo hacia sus
semejantes y el deseo intenso de liberarlos del
sufrimiento y la ignorancia, logra mantener parte de
su energía en los asuntos e intereses del mundo.
En el misticismo cristiano, la tercera iniciación es
la Transfiguración en el monte Tabor (Mat. 17:1-9.
Mar. 9:1-18. Luc. 9:28-36). Es el triunfo definitivo
del fuego del Espíritu Santo sobre las impurezas,
pasiones y oscuridades en la mente del aspirante.
Tómese en cuenta que Jesús sube a la montaña
llevando a tres de sus discípulos, a Pedro, a
Santiago, y a Juan su hermano, para dar a entender
que cuando el iniciado ha triunfado sobre las
pasiones instintivas (cuerpo físico) por sobre las
emociones egoístas humanas (cuerpo emocional) y por
sobre el pensamiento confuso y engañoso (cuerpo
mental), un nuevo cuerpo de luz aparece. Esta es la
razón por la cual en las pinturas de la
Transfiguración en la montaña se ve a Jesús rodeado
de una intensa luz espiritual y a sus tres
discípulos de rodillas en actitud sumisa,
sorprendida y temerosa. También la presencia de
Moisés y Elías en la Transfiguración evoca las dos
poderosas energías espirituales (alfa y omega) como
requisito indispensable para llevar a cabo la
purificación y santificación del candidato al estado
de Cristo (cuarta iniciación), que florece en el
corazón del iniciado.
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CUARTA INICIACIÓN
C.W.Leadbeater comenta en El hombre visible e
invisible que el aura del iniciado de cuarto nivel
no sólo es intensamente más pura, brillante,
delicada y luminosa que las precedentes, sino que
las dimensiones de la misma han crecido
extraordinariamente. El admirable desarrollo de las
superiores cualidades de inteligencia, amor y
devoción, aunados a la honda simpatía y sublime
espiritualidad, atestiguan la poderosa expansión del
aura, cual poderoso cuerpo de luz.
También comenta que el iniciado se ha convertido
ahora en un canal que puede dejar paso libre a la
energía que desciende hacia él como un torrente de
luz, que une el cielo con la tierra. No sólo irradia
de él luz blanca, sino que todos los matices del
arco iris palpitan a su alrededor, como los
cambiantes tornasolados tonos del nácar, resultando
que cuantos se aproximan a él fortalecen sus
cualidades superiores. Nadie puede acercarse a la
esfera de acción de un iniciado de cuarto nivel sin
perfeccionarse. El iniciado ilumina ahora todo
cuanto le rodea, a manera de sol, pues como el mismo
sol se ha convertido en una manifestación casi
perfecta del espíritu en la tierra.
Para este momento, las intensas y renovadas
aspiraciones espirituales que se muestran como
brillantes chispas de luz que ascienden hacia arriba
y afuera de la cabeza han aumentado notablemente. Al
reconocer el iniciado que procede del espíritu,
aspira regresar al espíritu. Para ello, toma la
energía vital que se le envió desde lo alto, que por
ignorancia humana hubiera podido ser mal utilizada,
y en vez de esto la lanza de regreso a su origen,
hacia arriba y afuera de la cabeza, formando
gradualmente un gran cuerpo de luz al que se
denomina la túnica sin costuras de Cristo vivo
(cuarta iniciación) y que, algún día, se convertirá
en el gran cuerpo solar inmortal (quinta
iniciación). La parábola del vestido de bodas se
refiere al cuerpo solar inmortal o alma vestida para
la fiesta, como requisito indispensable para entrar
al reino del Padre (Mat. 22:11-14).
En el misticismo cristiano, la cuarta iniciación
está indicada por el sufrimiento en la huerta de
Getsemaní (Mat. 26:30-45; Mar. 14:26-41; Jn. 18-1),
la crucifixión (Mat. 27:37; Luc. 23:38), y la
resurrección de Cristo (Mat. 16:21; 17:22-23;
20:17-19; Luc. 24:12; Hech. 4:10), dando a entender
que esta iniciación tiene el doble aspecto de
sufrimiento y victoria. Sufrimiento, desde el punto
de vista de la efímera personalidad o ego ilusorio
(oscura nube) que se extingue completamente y para
siempre (sufrimiento en la huerta de Getsemaní y
crucifixión), y victoria del ser espiritual de luz
que reaparece en el corazón del iniciado (Cristo
resucitado). De ahí las palabras de san Pablo:
“Estoy otra vez en dolores de parto hasta que Cristo
sea formado en vosotros” (Galat., IV,19).
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QUINTA INICIACIÓN
Una vez lograda la purificación necesaria que
conduce a la resurrección de Cristo dentro de uno
mismo, el proceso de regeneración continúa sin
descanso hasta que la túnica sin costuras del Cristo
vivo se convierte en el cuerpo solar inmortal, como
requisito indispensable para poder tomar la
siguiente iniciación que nos transporta más allá del
reino humano, por encima del reino psíquico y hacia
el reino espiritual.
Ha sido dicho que el cuerpo solar inmortal,
totalmente formado, ofrece la ocasión para que el
Padre, a través de la libre elección del hombre,
fije la hora en que el Hijo volverá a Él. El
mecanismo que se presenta en la quinta iniciación es
el siguiente: el cuerpo solar inmortal, cuya
polaridad es masculina (el Padre: alfa), se
convierte entonces en un poderoso imán que atrae
cada vez con mayor fuerza a la polaridad femenina
(la Madre: omega) en la base del tronco del
iniciado. La polaridad femenina asciende entonces a
manera de caduceo por la columna vertebral hacia el
ojo espiritual de percepción, en medio de ambos
ojos, conocido como la flor de oro o lámpara del
cuerpo (Luc. 11:34-36), iluminando con esto, a su
vez, el centro de la coronilla conocido como el loto
de mil pétalos o lengua de Pentecostés (Hech. 2:3).
Simultáneamente, la polaridad masculina desciende
cubriendo al Hijo (Cristo en el corazón del
iniciado) con la gloria que el hombre conoció con el
Padre en el principio, antes de que el mundo fuese.
En el misticismo cristiano, la quinta iniciación es
la ascensión y el descenso del Espíritu Santo como
apoteosis culminante de una vida santa en la tierra.
Esta iniciación es la gloria de la realización que
Jesús demostró en la colina de Betania (Mar. 16:19.
Luc. 24: 50-53; Hech. 1:9). Este glorioso paso hacia
el reino de la luz es la única y verdadera meta
puesta delante de toda la humanidad, delante de cada
hijo y de cada hija de Dios. La ascensión es una
parte inevitable del gran plan divino y el destino
extraordinario de todo hombre.
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