La tradición religiosa egipcia es extremadamente
conservadora. Se opone a todo cambio y posee sus
propios modelos arquetípicos de dioses y héroes.
Toda ella está orientada hacia un más allá inmutable
en su perfección, cuyos misterios han tratado de
descifrar numerosas generaciones de investigadores.
El estilo único de la iconografía egipcia, lo mismo
que la escritura jeroglífica, aparecieron
coincidiendo con la primera dinastía faraónica y la
unificación de los valles septentrional y meridional
del Nilo, hacia el año 3000 a.C. El punto de partida
de la historia egipcia coincide con los inicios de
la realeza, presente por primera vez sobre una
paleta de Narmen donde el rey lleva las coronas del
Alto y Bajo Egipto.
En su origen, los reyes se identificaban con el dios
Horus, el <distante>, el señor de la luz y del
cosmos. El estatuto suprahumano del rey se
constituyó muy pronto y demostró ser un instrumento
político duradero y eficaz. Menes, como se llamó más
tarde al primer rey y unificador de Egipto, fundó,
según la tradición, la capital de Menfis. Los reyes
de las primeras dinastías (Imperio Antiguo) mandaron
construir las pirámides y los mayores complejos
funerarios, cuyas inscripciones y encantamientos
encierran sus primeras teologías (Textos de las
Pirámides).
Al inicio del Imperio Medio, hacia el 2200 a.C., la
crisis política y la guerra civil mantuvieron
dividido a Egipto durante ciento cincuenta años. Es
en este periodo que los encantamientos mortuorios de
las antiguas tumbas reales reaparecen en los
féretros de quienes podían pagarlos (Textos de los
Sarcófagos). Finalmente, una tercera fase en el
desarrollo de la literatura funeraria está
representada por el texto llamado generalmente Libro
de los muertos. Desde la XVIII dinastía (siglo XVI
a.C.) hasta la época romana, ese libro, colocado en
el féretro, le suministraba al muerto, para su viaje
y su juicio, los encantamientos necesarios, sacados
en su mayoría de los textos de los sarcófagos, con
algunas reinterpretaciones.